Aunque pueda parecer, a simple vista, contradictorio con el espíritu posmoderno y con las tendencia constante al narcisismo puro y duro que se ve hoy en día he ido asimilando algunas ideas interesantes que tienen que ver con esta famosa saga: seguridad y dependencia.
Como decía en el texto anterior desde el primer momento de nuestra vida nos invaden las reglas, las que muchas veces son absurdas como es el caso de los “buenos modales” o cualquiera que vaya bajo el título de una ética que después, mientras crecemos, vamos a ir reprochando. Pero cuando somos niños no tenemos esa posibilidad, no podemos ir contra de la autoridad de nuestros padres, de nuestros maestros, de la siempre nociva iglesia, etc. Si lo haces te tachan de descontroladito y seguramente dependiendo de a quien enfrentes variará el castigo. En la casa te pueden encerrar, en el colegio sancionar, y bueno la iglesia te puede mandar al infierno. Entonces, nuestra vida está constantemente encaminada hacia la satisfacción de esas reglas, siempre nos han dicho que son buenas, que son lo mejor y que las debemos acatar porque así es como hemos de vivir.
Qué significa para una persona vivir subyugada a tal abrumadora cantidad de normas? Cuando la cantidad de normas injustificadas que existen y que están basadas en la complacencia nos invaden, lo que hacen en realidad es despojarnos de nuestra propia valoración. Nos hacen poner por encima de nuestros intereses, los intereses ajenos, y no lo hacemos de buena gana, no se puede vivir libre y por lo tanto sin resentimientos mientras la sociedad te obligue a cumplir ciertas normas que uno no comparte. Pero no hablo de anarquía ni mucho menos, me refiero a normas más cotidianas, a normas que tienen que ver con aspectos morales y conductuales, que no se centran en el correcto funcionamiento de la sociedad sino que más bien se fundamentan en la complacencia de ciertos patrones de conducta masificados. Para dar ejemplos está la insistencia de la madre que le dice a sus hijos que compartan, que se porten bien con sus primos, que vista de tal manera, que coma, que no coma, que sea amable con sus abuelos, que no le grite a sus mayores o que no hable mientras los mayores lo hacen, que no diga garabatos, etc. En el colegio sucede lo mismo: vístete de tal forma, no te pongas aros, no digas garabatos, no discutas con los profesores, no cuestiones las reglas porque si lo haces hay libertad de enseñanza y tienes miles de establecimientos para elegir, etc. Y bueno, para que decir de la iglesia, si no vives en función de dios irás al infierno, y si lo haces quizá que también por no prestarle atención a otras cosas; vaya a saber uno que es lo que quiere la iglesia hoy por hoy.
El efecto de todas estas reglas es la anulación de la propia identidad, dejas de ser alguien con tus propios deseos e intereses para someterte a la complacencia de otros: padres, docentes, doctrinas, etc. La libertad se ha ido a la mierda. Entonces verse rodeado de gente que sin motivo alguno aparente comienza a exigirte explicaciones, a exigirte que actúes de determinada manera, que rindas cuentas, nos dice desde un primer momento que ellos están por sobre nosotros, que siempre lo han estado, entonces ahí es cuando la valoración de uno queda sometida a todos nuestros pares. Obviamente que esto no engrasa la gran máquina, no, genera resentimiento, enojo, porque estamos acatando sus reglas por que nos han dicho que así sea, no porque nos hayan convencido de su utilidad. Con nuestro espíritu avasallado lo único que nos queda es comenzar a depender de los demás, nuestro valor es nulo porque desde pequeños nos han dicho que los jueces de ese valor serán otros, nuestros padres, maestros, etc. Cada vez que hacemos algo “correcto” ellos nos felicitan, nos valoran por nuestro apego a las reglas, por nuestra conducta correcta, no por nuestro ser, no por lo que creemos, no por lo que deseamos, no, sino que lo hacen por como hemos podido esconder esos deseos y someterlos a las normas de la cultura. Somos civilizados desde ese punto en adelante. No somos egoístas, no somos altaneros, no tenemos anti valores, no somos conflictivos, en definitiva nos hemos convertido en títeres y esperamos que las reglas cambien para que tiren de las cuerdas que guiarán nuestros siguientes pasos. Es dramático.
Y ya con nuestro amor propio sometido y dejado al arbitrio de todos quienes nos rodean no queda más que aferrarse al deseo de ser aceptado. Ya no valemos lo que nosotros creemos porque así nos lo han dicho, nos dijeron que teniamos que entregar todo nuestro ser a las reglas y eso era lo mismo que dispersar nuestro valor a la sociedad. Enorgullece a tu tío, a tus abuelos, a tu profesor y a tu perro. Bien, los enorgullezco, haré que su pecho se infle hasta más no poder, pero quien los enorgullece no soy yo, es quien ustedes querían que sea. Quizá me sienta un poco mal por eso, pero no importa mientras me acepten, está todo bien, eh? papa?. Sí, hijo, sí.
Y así muchos de nosotros vivimos cada día sometidos a lo que los demás piensen, nos enseñaron que el sacrificio es el modo de vivir y lo estamos haciendo. Jesús se sacrificó y hasta donde sé nadie se lo había pedido, pero nos lo enrostra cada día y nos dice que tenemos que hacer lo mismo. Bien Yisus, es que yo lo he hecho desde siempre, pero creo que no tengo ganas de seguir sacrificándome más, te agradezco de corazón todo lo que hiciste por nosotros, pero el tiro te salió por la culata.
En fin, lo que queda es encontrar de nuevo eso que nos quitaron: el amor propio. Después de decirnos que someterse a las normas era lo mejor, independiente de tu individualidad, nos aniquilaron y esparcieron de la misma manera que las esferas del dragón nuestro valor. Ahora todos tienen un poquito de él, pero yo no lo quiero compartir, puedo compartir todo, el amor, la amistad, pero no mi amor propio, menos cuando él ha sido robado vilmente por cada uno de ustedes. Así que eso es lo que queda, para ser realmente libres hay que recuperar lo que era nuestro, lo único que era nuestro.