No, no, no, no, no. Quien dijo que el ser humano tenía un valor? quien le da ese valor? por qué?. Pero sí, admitamos que sí, que sí tiene un valor y ese se lo otorga la vida. Nosotros reconocemos ese valor aunque no tenga razón para existir, lo reconocemos cada vez que lloramos por alguien, cada vez que nos preocupamos por alguien, cada vez que luchamos por la justicia. Porque lo hacemos comprendiendo que cada suceso trágico o cada injusticia no afecta a un trozo inerte de materia si no que lo hace con algo infinitamente más complejo que eso, algo que tiene un valor superior. Porque si no fuese así, qué diferencia habría entre destrozar un ladrillo o matar a una persona?. Entonces, ok, reconozcamos el valor existente en el ser humano. Es una valor que le otorga la vida misma.
“la persona es más que el contexto, es más que la cultura, más que su psicología; su identidad es algo más que todo eso”
Ahora, ¿qué aplicación tiene ese valor, qué significa?. Significa que todos somos iguales. Nos otorga igualdad, una igualdad natural que está dada por la vida, no por nuestras capacidades, por nuestro desarrollo, por nuestras acciones, simplemente por la vida. Yendo más allá, qué implicancia tiene que seamos todos iguales?. Me inclino a relacionar la igualdad con la libertad, si no fuésemos iguales no existiría libertad porque nuestro valor indicaría a quienes están por sobre nosotros que tienen el derecho a gobernarnos (esto lo digo considerando que hay una relación directa, que desconozco y acepto simplemente por costumbre, entre supremacía y derecho a controlar a quienes son “inferiores”). Entonces si es por eso la igualdad sería condición esencial para la existencia de la libertad. Pero aún más allá, si la vida es lo que otorga ese valor intrínseco a los seres, qué distinción podemos hacer entre nosotros y los animales? Ambos, somos vivientes, pero claro, nosotros tenemos a la diosa razón. Ahora a la vida entonces sumémosle la razón como condición esencial para determinar el valor. Nuestro valor no es el mismo que el de los animales, por esa razón los sometemos para satisfacer nuestras necesidades.
Y si están de acuerdo con que la razón es lo que nos distingue de los animales y nos otorga nuestro valor como seres humanos, eso daría pie para hacer distinciones entre quienes usan la razón y quienes no. Y podría hacernos caer en la aberración de distinguir distintos niveles de personas racionales, donde supongo que en la cima estarían los intelectuales más prominentes y en la base enfermos mentales o recién nacidos. Pero entonces si sumar vida más razón nos da pie para hacer aquello tendremos que evitar pasar por algo tan cruelmente inmoral, y qué utilizaremos para tapar este agujero ético?. No es un tema sobre el que haya leído demasiado ni tenga las ideas claras, por lo mismo lo único que me queda plantear ahora es: o reconocemos que matar animales es una contradicción moral o reconocemos que entre los mismos seres humanos hay diferencias sustanciales, diferencias en su valor. Lo más fácil es admitir que los animales están debajo de nosotros no porque nosotros seamos superiores a ellos en términos del valor que nos otorga la vida sino porque simplemente nuestras capacidades nos permiten dominarlos.
Y no es este dilema con los animales al que pretendía llegar en un primer momento, pero de cualquier modo la pregunta está planteada y me parece necesario hacerla para poder continuar con la idea.
Por mi parte aceptaré que el valor de cada ser viviente está dado por la vida y que todo lo que atente contra una vida es inmoral, es lógico que seré un hipócrita desde aquí en adelante, pero ponerme en la politicamente incorrecta situación de que la razón es la que permite hacer distinciones entre nosotros es aun más cuestionable. Y ésta es una elección que hago simplemente porque repentinamente (mientras escribo esto) me he visto en la obligación de responderla para poder continuar de manera coherente, no porque haya pasado por un proceso de análisis exhaustivo y me haya quedado con la que más me acerca a lo que creo es la verdad. De cualquier modo, intuitivamente y basado en la experiencia de la humanidad no podría aceptar a la razón como distintivo del valor de cada ser viviente. Sería el comienzo del IV Reich.
Ahora sí trataré de ir de lleno a lo que me obliga a sentarme aquí. Si la igualdad es esencial para ejercer la libertad, al hablar de amor propio, que yo lo entiendo como el reconocimiento del valor de uno mismo dado por la vida, estamos hablando de nuestro derecho (y deber) a ser libres. Este es un valor inmutable, idéntico para cada uno de nosotros independiente de sus acciones, una persona porque realice algo que en ese moménto histórico es condenado no quiere decir que su valor como persona disminuya, primero por la subjetividad de lo que podría llamarse un acto condenable y segundo porque, ¿acaso nosotros debieramos sentirnos menos valiosos que el párroco de la iglesia? También la bondad es subjetiva, por lo tanto no podemos hacer que el valor de cada ser humano dependa de algo tan relativo como la moralidad con la que cada uno desenvuelve su vida.
Lo que nos queda es, luego de reconocer nuestro valor como seres humanos y darnos cuenta que somos igualmente de valiosos que cada uno de nuestros semejantes, ejercer nuestra libertad. Y qué significa ser libre, ser verdaderamente libre? Significa ser sincero con uno mismo, intentar alcanzar la verdad, que pareciese ser el fin último del ser humano, para poder tener una vida realmente coherente con el propio ser. Y qué es lo que coarta esa libertad?, qué nos impide ser realmente libres? los demás. De ahí que Sartre haya dicho “el infierno son los otros”. Pero por qué son ellos quienes nos obligan a negarnos? Porque así funciona la sociedad, es la manera en que se puede mantener cohesionada, es la manera que tiene para evitar conflictos, mientras más sometidos y mientras menos ansias de libertad tengan las personas mayor será la unión entre quienes integran un grupo. Nace de ahí la necesidad por la aprobación, una necesidad inculcada por los otros desde siempre. Quizá el miedo al rechazo venga de tiempos ancestrales cuando sí significaba algo concreto, cuando era sinónimo de muerte. Un miembro de una tribu no podía por nada del mundo ser absolutamente independiente de la necesidad de aprobación de su grupo porque eso implicaría enfrentarse solo ante un mundo sumamente hostil. Pero eso ha cambiado, ya no necesitamos de la misma forma la aprobación de los otros, ahora nuestra vida está a salvo incluso cuando somos rechazados por ciertos grupos, o no formamos parte de la gran masa. Supongo que es ese miedo ancestral al rechazo lo que se mezcla con la necesidad por parte de la sociedad de hacer seres menos libres para poder perdurar lo que hace que el temor a no ser aceptado esté tan arraigado dentro de cada uno de nosotros. Como la libertad es la extensión directa del valor intrínseco del ser humano suprimirla, negarla, es negar el propio valor. Cada vez que dejamos de seguir lo que nos dicta nuestra conciencia, cada vez que somos falsos, cada vez que actuamos de tal manera que no nos sentimos coherentes con lo que creemos y sentimos estamos negando el valor intrínseco de nuestro ser, por eso guiarse por la necesidad de aprobación o el miedo al rechazo es lo más dañino que puede hacerse una persona. No existe individualidad, no existe esencia, no existe nada, pasamos a ser una extensión de las pretensiones de la sociedad.
Y hay que dejar en claro que este valor no varía, como ya he dicho, jamás. Por lo tanto confundirlo con la apreciación tenemos de nuestras actitudes, de nuestras capacidades, de nuestra forma de ser y de cómo nos ven los demás es erróneo. Por un lado está el valor intrínseco que tenemos como personas y por otro la manera en que nosotros nos vemos a si mismos, que consecuentemente se construye además con la visión que el resto tiene de nosotros. No hay que mezclar. No es una receta.
Todo, absolutamente todo tiene que estar por debajo de nuestro deber a ser libres porque alejarse de la verdad a la que la libertad conduce no es más que un camino hacia el sufrimiento, al sometimiento de nuestro ser a lo que la sociedad impone. Y…quien realmente quiere ser un borrego?.