La idea de no entrometerse en los asuntos ajenos es algo que todos tenemos bien asumido. Al menos debiéramos tenerlo asumido. Pero hay que distinguir cuando, cómo y dónde. Además de reconocer que generalmente la ética de este comportamiento riñe constantemente con la fidelidad a la verdad.
Una de las consecuencias que creo que puede tener esta idea de no entrometerse es que genera personas pasivas y que si se extiende ampliamente en la sociedad esta puede devenir en el reflejo de personas que no se preocupan por nada más que lo que les atañe directamente. Aunque haya que respetar la privacidad de los demás, hasta qué punto puede llegar a tener efecto el “no te incumbe”?.
Vivimos en una sociedad en donde es bien sabido que cada uno se preocupa de lo que le involucra directamente, más allá, y sobre todo en el terreno moral es difícil entrar en discusiones con otros pues la idea de vive y deja vivir se hace omnipresente impidiendo que mucho de lo que pueda ser cuestionado se esquive simplemente porque no es algo que nos afecta directamente.
Tanta pasividad choca de alguna manera con la idea de luchar por las propias verdades, inclusive cuando estas abordan temas tan íntimos como las creencias religiosas o la sexualidad. Pero creo que dentro de un marco de tolerancia y respeto debiese dejarse de lado lo hierático de las opciones personales porque por muy íntimas que sean estas aún así pueden chocar contra el concepto de sociedad que nosotros concebimos.
Mientras no se caiga en la pretensión de hacer que todos compartan nuestros juicios, lo que sería tan nefasto como la reinante exaltación del consenso o de la no confrontación aduciendo que hay terrenos que no dan espacio para ello (sabido son las conversaciones vetadas en el almuerzo, religión y política, aunque a veces se suma el fútbol), sí creo que hay que tomar una posición más firme y activa respecto a nuestras ideas y la de los demás, no se trata de pasar a llevar ninguna libertad pero sí de saber que nada es tan íntimo como para no ponerlo en tela de juicio aceptando, claro está, las mismas reglas para nuestras ideas.
Aunque las situaciones no nos afecten directamente tenemos una responsabilidad que asumir, la responsabilidad que nos demanda la sociedad que queremos construir y por la cual deberíamos actuar. Dejar de lado la idea del “no es asunto tuyo” porque si miramos bien en gran medida sí lo es mientras eso atente contra nuestros principios.
La salida más fácil y cómoda es evitar cualquier tipo de riesgo, y bajo la idea de que cada uno es responsable de lo que hace o le sucede y nadie más que él debe actuar para remendarse en caso de haber sufrido algún agravio se hace aún más fácil. Pero no es la opción más sencilla la que debemos optar, no si pretendemos buscar una sociedad mejor. Si constantemente presenciamos injusticias algo debemos hacer y, aunque del dicho al hecho hay mucho trecho, dejar de justificar nuestra pasividad apoyándonos en no incumbencia de asuntos ajenos es el primer gran paso.
El concepto de libertad es fácil de manipular, ejemplos hay muchos y por su protección y en su nombre se han y siguen cometiendo atropellos que no justifican el fin. Si ahora mediante la extrema individualización quien busca salvarse es el sistema transformándonos en seres completamente desconectados unos de otros que no se valen más que por si mismos mientras como soporte utilizan la sacralidad de la libertad individual, una buena respuesta a tan salvaje ataque bien puede venir del reconocimiento que no estamos tan aislados y que si alguien ha cometido algo que reprobamos debemos dejar de hacerlo secretamente y luego de ocurrido cuando nuestros dichos pierden trascendencia, sino que en el instante, plantando cara y cuando aquel que se vea pasado a llevar saque su arsenal léxico: “no te incumbe” responder que sí nos incumbe, que tenemos el derecho de opinar si se nos antoja y ver atropellos sin más no es algo que estemos dispuestos a hacer.
Tal vez la línea sea demasiado delgada como para no involucrarse demasiado y confundir la indiscreción, la oficiosidad con una intromisión fundamentada pero es preferible ir tanteando a tener miedo a avanzar y en vez de optar por una opción comprometida dejarse arrastrar por la indiferencia.
A fin de cuentas creo que bien puede ser resumido en estas palabras:
Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,
Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.